viaje
El viajero se desprende de sus partes, de todas aquellas que reconoce como “suyas” y de las que ni siquiera tiene consciencia que hacen parte de él. El acto de “trasladarse” implica cambiar de locación, movilizarse, alterar el orden y permitirse cambiar. Un cuerpo viajero se extiende tanto como le permiten sus sentidos, puesto que en un lugar que desconoce a pesar de estar más “vulnerable” a dejarse llevar por el “deseo”, los juicios aprehendidos pueden llegar a llevarse como un prendedor en un saco. Metafóricamente hablando, la norma y el juicio son lastres mucha veces simbólicos que impiden el transcurrir “naturalizado” del cuerpo hacia nuevas formas de aprendizaje, conocimiento y relación con el mundo y las cosas en él. A pesar de que la experiencia viajera es una cuestión personal y privada, es de carácter generalizado que todo cuerpo viajero venga marcado por algo, ya sea por la religión, la política y la edad entre otros. Es por ello que todo el que “viaja” está susceptible a la duda y al miedo por el intercambio de nuevos “fluidos”, pues cuando se migra de un lugar a otro en “carne y hueso”, el cuerpo debe reacomodarse.
Esto puede parecer obvio, y aunque el componente químico de nuestro cuerpo nunca se quede quieto, en el viaje se moviliza la totalidad del conjunto de partes que conforman la unidad de eso que llamamos cuerpo. Razón por la cual todo aquello que antes podría parecer tan sólido y estático se empieza a movilizar, pues “como si fuera una avalancha”, lo “nuevo” transgrede aquello a lo que se está habituado.
El “fluir personal” empieza a darse desde el interior. Es el deseo expresado en distintas formas, el cual según las condiciones del lugar al que se llega empieza a modificarse según las conductas, gestos, formalidades del nuevo lugar. Yo diría que lo mejor es no atenerse a cualquier consecuencia y dejarse llevar para poder entrar en un estado diferente, pero esto no siempre resulta tan sencillo y mucho menos seguro. El estado de transito puede a veces llevarnos a pensar cuestiones místicas, inapropiadas, enfermas, trangresoras, pero al final son aquello que somos, lo que tememos y lo que anhelamos.

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